„Viví entre los autóctonos americanos”

Sobre su experiencia comunidad indígena Yawalapiti, del Brasil, que lo adptaron como uno de los suyos, es esta crónica escrita por el actual embajador de la República Checa en Colombia

 

ESPECIAL PARA LA REPUBLICA

Hay igualdad en­tre todos en esta Tierra, aunque quiero subrayar que no lo digo con la intención del igualitarismo. Dios nos ampare, ya lo tuvimos suficiente en Checoslovaquia en la época del comunismo. Estoy admirando a cada espíritu, capacidad, inteligencia pero de todas maneras pienso que en cada uno de nosotros está “durmiendo” algo especial, que cada uno de nosotros tiene un don de Dios y que se trata no sólo de despertar en nosotros estos valores por medio de la educación en el colegio, de la familia, de los amigos o sólo por casualidad.

Viví entre los indígenas, exactamente dicho entre los autóctonos america­nos. Dediqué treinta años de mi vida al estudio de ellos, fui adoptado por una tribu indígena Yawalapiti en Brasil bajo el nombre Atapana que para mí es motivo de gran orgullo, porque la cultura indígena, la civilización indíge­na se destaca por su fuerza natural que emana de las leyes naturales.

Es una civilización limpia y transparen­te, es una civilización completamente positiva, una civilización por medio de la cual tuve la oportunidad de sentir la belleza de la vida sin envidias, sin mentiras y zancadillas a las cuales estamos acostumbrados en nuestra vida diaria en la civilización del siglo XX y nada, por desgracia, nos indica que en el siglo próximo algo pudiera cambiar. La civilización indígena me hizo comprender que todas las perso­nas en este planeta fuimos creadas hacia la vida y la libertad, no hacia la muerte y el yugo. Esta civilización, me dejó sentir la fuerza de sus ideas y conocimientos que brotan de la madre naturaleza a la cual adoran prácticamente como cierta forma de la deidad superior. También en los indígenas duermen los valores cuales son por medio de la educación en la fami­lia y en estrecha unión con la natura­leza, despiertos hacia la vida. Para mí los indígenas no son unos incrédulos, porque creen en la fuerza en la cual creemos nosotros cristianos, budistas, musulmanes, hinduistas, zoroastristas, todas las personas en este planeta, en la fuerza creadora de todo, en la fuerza omnipotente y dado a lo anterior, somos todos iguales; todos somos damas y caballeros.

Sí, la nación checa cultural e históricamente pertenece al mundo cristiano pero siempre fue la nación sin reparo hereje, lo cual no significa la falta de amor y de la fe en Dios, sino de estar contra ciertas instituciones y sólo criticar su enfoque adminis­trativo hacia la fe en Dios, la cual es sólo una. Hacia las institu­ciones y especialmente hacia las que florecen y viven su propia vida según las leyes de Murphy, tenemos noso­tros, los checos, mucha desconfianza y una no muy buena relación. Nuestra gente fue siempre muy curiosa, cada pueblo tenía su escriturario, su cronis­ta, personas que leían y estudiaban la Biblia desde siglos. No nos gustaban los conocimientos recibidos por inter­mediarios y por tanto hemos tratado de crear nuestra propia historia a pe­sar de ser una nación muy pequeña. Muchas veces hemos terminado como nación perdedora, nación que ha teni­do muchos mártires que han sido reconocidos por su verdad después de varios siglos y por todo el mundo. No hemos tenido sólo grandes y podero­sos emperadores que han gobernado a toda Europa Central (como Wenceslao II, Prímyl Otakar I y II en el siglo XII y XIII) o a todo el Imperio Santo Romano como Carlos IV o Juan Lucembursky en el siglo XIV, pero tam­bién las personalidades en la búsqueda de la verdad sencilla como Jan Hus, quemado como hereje en el aňo 1415 por criticar a las instituciones de la Iglesia (las ideas de él fueron más tarde realizadas por Luther y Kalvin), como Jan Opletal, fusilado por los ocupantes alemanes de mi país, estudiante que se rebeló contra la hegemonía nazi ya en el año 1939, cuando Europa ni se imaginaba lo que le esperaba, y como Jan Palach, estudiante que se incineró en el año 1970 en protesta contra la ocupación soviética de mi país, y con la intención de prender en cada ciudadano checo la llama de la rebelión contra la injusticia y el poder ajeno en nuestro país.

Sí, somos una nación pequeña, pero siempre hemos sentido la importancia de la convivencia cultural, de las cos­tumbres del idioma y esto nos facilitó sobrevivir todos los horrores de nues­tra historia. Salimos de la cuna eslava, por allá en el siglo VI-VIII nos mezcla­mos con los celtas y recibimos mucho de su cultura y por lo tanto entre otras hasta hoy elaboramos y tomamos la cerveza como nuestros vecinos germanos de Bavaria. Ustedes ven que los bávaros y checos, unos germanos y otros eslavos, supuesta­mente personas tan diferentes y aún así tan parecidos, comen carne de cerdo y chucrut, tomamos la cerveza, bailamos los bailes iguales, tocamos la música parecida, construimos las casas en el estilo igual y por siglos vivimos juntos en paz y tranquilidad. Ya en el siglo X llegaron a nuestro país los primeros comerciantes y viajeros árabes, y junto con los grupos vecinos germanos nos mezclamos por siglos sin excluir a nuestros reyes. En nuestra sangre fluye también la sangre francesa, suiza, judía, rusa, polaca, húngara, griega, uno de mis amigos tuvo al abuelo turco y todos somos checos. Somos europeos, venimos de Europa y allá regresamos.

Los países checos dieron al mundo personalidades como: Jan Amos Komensky, el Maestro de las Naciones y de los fundamentos de la pedagogía moderna, al rey checo Jorge el cual soñaba sobre las naciones unidas europeas ya en el siglo XVI, como Simón Bolívar sobre la Gran Colom­bia, a Sigmund Freud, fundador del psicoanálisis, a Gregor Mendel, fun­dador de la genética, al compositor Antonín Dvórak y su sinfonía “Del Nuevo Mundo”, al pintor Alfons Mucha, fun­dador del Art Nouveau, al poeta Jan Neruda o Rainer Maria Rilke, al escritor Franz Kafka o Milan Kundera, pero también decenas de misioneros sin nombre, los cuales llevaban la pala­bra de Dios a todos los países de América Latina y del mundo, muchas veces arriesgando su propia vida de­fendían a los nativos frente a la des­gracia de los negreros.

Sí, los checos daban la razón y el poder a las palabras ante las armas; somos ya por siglos una nación pa­cífica, más bien hemos murmurado contra el gobierno comunista o nazi, tomando la cerveza contando chis­tes antigobiernistas y bloqueando la economía con el sabotaje de pere­za. Es obvio, que estoy exagerando un poco, porque muchos de nosotros luchamos activamente en las arma­das de la alianza contra los nazis o en la resistencia y muchísimos per­dieron sus vidas buscando el triunfo de la verdad. Pero ustedes saben muy bien que no les declaramos la guerra a los alemanes en el año 1938 ni a los rusos en el año 1968, dos veces fuimos ocupados; nuestro camino fue siempre el sabotaje, la des­composición pasiva de la sociedad, que finalmente trajo sus frutos... aun­que pasó cierto tiempo para muchos de nosotros. Fuimos maestros de los chistes políticos y les puedo contar con mucha responsabilidad, que la mayoría de las personas se divertían por medio de ellos a costillas de los comunistas y de la hegemonía rusa y así fue como tratamos de aliviar nuestro destino tan duro, destino que parecía una eternidad. Nos reímos de los potentados comunistas en las tabernas, como nuestros abuelos, los cuales se reían de los burócratas austro-húngaros en el siglo pasado. Esto nos ayudaba a sobrevivir, era el humor negro pero en él venía co­dificado nuestro modo de vida, de reírse de las oficinas e instituciones burocráticas que robaban a las per­sonas el dinero y la libertad. Vivimos decenas de años en el sistema tota­litario de los nazis y de los comunistas pero gracias a la palabra sobre­vivimos. La subversión sin fusiles ni munición era nuestra lucha principal pero cuidado, por los chistes se pudo haber terminado en la cárcel. Por suerte lo olvidé todos, y eran miles, y no me arrepiento por ello pero re­cuerdo vagamente uno un poco in­fantil pero verdadero. Fue la época en la que hubo cambio de gobernan­tes arcaicos con frecuencia mayor que de costumbre. Y hubo otra vez la elección del secretario general del partido comunista (por lo tanto al go­bernador superior) y lo ganaba el que pudiera atravesar la plaza principal sin orinarse. Un amigo de mi amigo tuvo que pagar por semejante chiste 18 meses en la cárcel. Era el terror del régimen de los ancianos que tuvo lógicamente que derrumbarse.

Ustedes, gracias a Dios, no entienden por qué por ejemplo en la película Kolja nos reíamos cada momento mientras ustedes permanecían fríos, sin reac­cionar. Esas son las diferencias cultu­rales. Por ejemplo, no sacar en los días de fiestas nacionales las banderas ro­jas de la Unión Soviética era una ha­zaña, sobre la cual hablábamos entre nosotros muchachos, y quienes las izaran eran unos colaboradores mise­rables. Por eso se recibían los “puntos

negros” en nuestra hoja de vida la cual nos acompañaba toda la vida y según la cual la persona pudo alcan­zar a realizar su estu­dio en la universidad o no, según lo cual se conseguía un empleo bueno incluyendo la remuneración y bonos especiales; el sueldo mayor implicaba la po­sibilidad de comprar el carro o casa de vera­no; ser o no digno de confianza por el régimen significaba sentirse parcialmente igual o mejor que atrás, para recibir el permiso de poder viajar a algún lugar. Es admirable pero los indígenas de las selvas me afianzaron en mi fe en Dios porque ellos creen en el espíritu de la naturaleza que como ya hemos dicho, es omnipresente, en las personas, ár­boles, rocas, ríos, montañas, nubes y por lo tanto, otra vez hago la pregun­ta: ¿cuál es la diferencia entre noso­tros? Pienso con un poco de herejía, que solamente en la terminología. Los indígenas con su modo de vida sólo confirman el amor cristiano hacia to­dos y todo y las miles de frases citables de nuestros pensadores los cuales quieren decir exactamente, que lo hu­mano es vivir y en la vida debemos lograr de ser humanos. Nuestro cien­tífico y Maestro de Naciones Jan Amos Komensky una vez dijo: “...viajar y co­nocer es como terminar la otra carre­ra en la universidad”. Comprender, que aunque haya diferencias culturales, somos todos muy parecidos y todos cargamos nuestra cruz a cuestas.

Nuestro Presidente Václav Havel, quien pasó varios años en las cárce­les comunistas por su defensa de nuestros derechos humanos, en el his­tórico y político golpe de Estado y la caída del comunismo en el año 1989 dijo: “El amor y la paz triunfan sobre la maldad y el odio...”. Esa vez sus pala­bras nos unieron contra un enemigo común. Ahora, por desgracia ya mu­chos olvidaron la época hermosa de la euforia de la libertad recién adquiri­da y a sus palabras sobre la herman­dad de todos nosotros.

Infortunadamente somos así, nos uni­mos sólo en la época de infortunio y después, en un momento, el uno trata de acabar con el otro. Aun así es her­moso tener una idea así y aunque a veces parece que se trata de una idea difícil de realizar, pero sin esa concien­cia y sin esa meta es imposible vivir. Es la meta a donde tenemos que diri­girnos, a donde tenemos que caminar todos nosotros.

Al finalizar un postcriptum: saben uste­des ¿cuál fue mi mejor impresión en el transcurso de dos años de mi estadía en su país? Seguro estuve entusias­mado por San Agustín, por la hermosa y renovada Cartagena de Indias, por la naturaleza salvaje de la Orinoquia, por la hermosura desconcertante del de­sierto de La Tatacoa, de la majestuosidad del Magdalena en su Estrecho, como debajo del puente de Honda, del hechizo hermoso de las haciendas del Eje Cafetero, donde es como si la vida volviera al siglo pasa­do, de la arquitectura colonial de Popayán, resurgida después del terre­moto catastrófico, la fuerza medicinal de las termales y cascadas en Risaralda, la imponencia de las mon­tañas y cañones en Nariño, y aún me falta mucho más por conocer y ver en Colombia. Pero la impresión más gran­de, totalmente conmovido y con lágri­mas en los ojos, conmovido por la be­lleza humana en la prisión del barro humano, encontré el año pasado en la época de Navidad, cuando viajando por la avenida 68 vi en las zonas verdes de los separadores las construcciones en cartones: hogares de los más pobres adornados de tal forma que parecían enjoyados. Hasta ellos adornaron sus casas, hasta ellos trataron de celebrar la Navidad, la fiesta de todos los cris­tianos, hasta ellos bajaron sus cabe­zas... hasta ellos saben de dónde vie­nen y cuál es su rumbo.

 

(*) Embajador de la República Checa en Colombia.